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Hincándole el diente a una novela

Entrevista realizada por Enrique Planas (El Comercio).

A pesar de no saber cocinar, el autor puso a hervir las obsesiones gastronómicas de los peruanos con su nueva novela. Pero el libro es mucho más que una crónica de cocina.

Se comenzó a hablar de ella antes de ser leída. Ahora, cuando los lectores ya le hincan el diente a “Cocinero en su tinta”, una tonta polémica se disuelve y las cosas empiezan a ponerse en su sitio. Muchos podrían pensar que Gustavo Rodríguez cosechó feliz la publicidad gratuita al lanzar su cuarta novela. Pero no. Más bien sintió una inquietud, el miedo de haberse convertido, por unos días, en personaje de farándula. “Temo que el recuerdo que se tenga de esta novela se haya contaminado”, me dice antes de comenzar esta entrevista. “Es una novela que escribí sin pensar en buscar polémica”, advierte.

Yo le creo. No solo porque el escritor es un buen amigo, sino porque al leer la novela descubro que el libro no es “la primera novela sobre el ‘boom’ de nuestra gastronomía” como pomposamente la promocionaron. Es mucho más que eso. Al inventar un álter ego, el exitoso chef peruano Rembrandt Bedoya, Rodríguez pone a hervir en la olla su propia biografía: el recuerdo de su abuela, la difícil relación con su padre, el fin de su matrimonio y el renacimiento gracias a una nueva relación. Y todo ello cocido por la angustia de todo artista frente a su proceso creativo.

Quien te conoce aprecia el enorme parecido entre el autor de “Cocinero en su tinta” y su protagonista, el chef Rembrandt Bedoya. ¿La cocina y la escritura son dos actividades más parecidas de lo que se cree?
Ambas tienen en común la posibilidad de ver de inmediato el resultado de lo que se ha querido plasmar. Un cocinero, como un escritor, juega con ingredientes conocidos que al combinarlos de determinada manera generan un resultado nuevo y distinto.

En tu libro encuentro otro parecido: tanto escritores como cocineros viven en un medio marcado por la envidia, el recelo y los egos.
Para mí era poco creíble que el gremio de cocineros no tuviera rencillas, celos o envidias. En profesiones creativas siempre existen guerras de vanidades. De alguna manera, quise trasladar eso a la novela. Sin embargo, nuestros cocineros saben dominar sus egos y eso es digno de aplaudirse. Al contrario de los escritores, ellos se presentan como un gremio muy cohesionado.

Rembrandt Bedoya ha sido tu disfraz para hablar de ti mismo. Hay mucho de ti en el libro…
Esta novela me ha servido para expiar muchas culpas. Acabar una relación me generó culpa. No haber tenido una buena relación con mi padre por muchos años, también. Por eso me preocupa tanto que se crea que es una novela sobre el ‘boom’ gastronómico. Su masa se asienta en una crisis íntima, personal.

Al revelar tu privacidad, gente cercana a ti puede sentirse afectada…
Afortunadamente, a lo largo de todo este proceso llegué a comunicarme con todos ellos. Esta novela no es una sorpresa ni un ajuste de cuentas ni un desquite.

En el libro aparecen, con nombre propio, Gastón Acurio, Pedro Miguel Schiaffino, Rafael Osterling, entre otros. ¿Cómo te animaste a plasmar el quién es quién de la gastronomía peruana?
Me parecía que el lector local iba a notar falso o maquillado que inventara a un “Gastón Arellano”. Por eso decidí arriesgarme a poner sus nombres tal cual.

¿Tuviste que entrevistar a muchos cocineros para escribir tu novela?
Sí. Fueron muy generosos conmigo, sobre todo Pedro Miguel Schiaffino. Tanto que me quedé con su voz y lo convertí en un personaje. Yo no sé cocinar. Por lo mismo me sentí obligado a investigar lo más posible.

La novela muestra a Gastón en dos aspectos: la de la estrella generosa con los colegas, que, sin embargo, puede eclipsarlos.
Para quien está fuera del sector culinario, existe un Gastón idealizado: es el peruano que todos quisiéramos ser o deberíamos imitar. Pero al moverte entre quienes lo conocen, descubres los celos de los colegas. Eso quise mostrarlo en su relación turbia con el protagonista de la novela.

¿Y luego de investigar en tantos restaurantes, puedes responder dónde se come mejor en Lima?
En Malabar y en Rafael. Los descubrí gracias al libro.

Tu protagonista dice en la novela que Schiaffino cocina mejor que Gastón. ¿Piensas lo mismo?
Sí, lo creo.

¿Por qué?
Es más autor que Gastón.

Y, a riesgo de generar una nueva polémica, ¿qué no te gusta de la cocina peruana?
No puedo comer olluquito. ¡Ni me lo sirvan!

Para ingresar a la entrevista original, haga clic aquí.


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