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A propósito de unos porros

  • 18/02/2021

Un congresista peruano fue noticia hace un par de días porque confesó en una entrevista que fuma marihuana desde hace veinte años y que ocasionalmente también ha compartido algún porrito con sus papás.
En Perú, un país que debate sobre libertades con treinta años de retraso, tal naturalidad causó, obviamente, profundas reacciones.
Que un ciudadano fume marihuana en su ámbito privado no tendría que llevarme a escribir una sola línea, pero las voces alzadas han sido tantas –y muchas tan feroces–que aquí me tienen: no estoy seguro si el clamor se deba al consumo en sí o a la confesión pública con desparpajo, pero lo que sí me queda claro es que cuando la hipocrecía y la ignorancia se trenzan, forman un látigo perverso que debe ser señalado.
Hipocrecía es que una entidad como la Comisión de Ética del Congrego vaya a investigar a Olivares por decir que fuma porros, pero que haya blindado históricamente a congresistas con indicios de ser financiados por el narcotráfico, entre otros casos flagrantes de corrupción.
Ignorancia, por otro lado, es que afloren voces señalando que el mal ejemplo de Olivares le hace daño a un país “donde la gran mayoría no ha probado drogas en su vida”.
Una sociedad hipócrita e ignorante es, pues, aquella en la que dejamos que nuestros adolescentes se embriaguen, que una cervecera auspicie a la selección peruana y que ha hecho del pisco un símbolo nacional, pero que se escandaliza cuando alguien dice que se fuma sus cañones.
Sin embargo, aunque fumar marihuana no es ilegal en Perú –sí lo es comercializarla– y su consumo es menos adictivo que el del tabaco o el alcohol, este artículo no busca defenderla, sino que me acompañen a un paseo por el bosque que circunda a esta planta.
La verdad es que todos nos drogamos.
Según la Organización Mundial de la Salud, droga es toda sustancia que, introducida en un organismo vivo, puede modificar una o varias de sus funciones.
Nos drogamos cuando bebemos café y sentimos que nos despertamos, nos drogamos cuando fumamos tabaco y sentimos que nos tranquilizamos, nos drogamos cuando tomamos un analgésico en la resaca, los niños se drogan cuando comen azúcar de más y cuesta hacerlos dormir: nos drogamos desde cuando éramos unos pequeños primates que descubrimos que una fruta fermentada podía alterar nuestra percepción del mundo.
Si estiro el término –y reemplazamos a la sustancia por una actividad–, podría decirse que también nos drogamos cuando nos enganchamos a una teleserie y la consumimos sin parar, cuando salimos a comprar ropa con desenfreno, cuando el día se nos pasa jugando un videojuego o buscando ganarle a un tragamonedas y, también, cuando nos hacemos adictos a los besos de un nuevo amor: la dopamina y la oxitocina se secreta en nuestros cerebros como cuando una droga las induce.
Desde que nos pusimos a caminar en dos patas, la realidad nos es insuficiente. Necesitamos modificarla, vivirla desde otros ángulos y, sobre todo, evadirla, porque su carga puede ser insoportable.
Mi padre murió alcohólico. El otro abuelo de mis hijas también. Mi hermano lucha diariamente contra una adicción, y lo admiro –y amo– más por eso. Yo mismo me he preguntado varias veces si no soy un adicto: cuando en las reuniones mi boca y el vaso se hacen siameses y, en los días que siguen, me obligo pertinazmente a ser abstemio; cuando he tenido rachas adúlteras que no me han llevado a buen puerto, cuando me levanto en la madrugada como un maniático a hacer una rutina de ejercicios. En realidad, tengo suerte de que escribir, una de mis adicciones, sea una actividad bien considerada.
No es la marihuana el problema. No es el café. Tampoco lo es el destilado de caña.
Ya está visto que el prestigio y desprestigio de cada droga obedece a intereses comerciales, religiosos e incluso políticos.
El problema es nuestra incapacidad enraizada para sentir como nuestro prójimo y descubrir en él a una persona ovillada y arrinconada por sus temores, pues nadie me disuadirá de que toda evasión autodestructiva pudo haberse amenguado si se abrazaba y contenía más al niño que la antecedió.
El enemigo contra el que hay que protestar no es la droga.
El enemigo es la indiferencia. El insulto. La violencia.
Todo eso que le cayó al congresista Olivares y que también me caerá a mí por escribir este artículo.

(Publicado en Jugo de Caigua el 16/1/2021)


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