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Mi artículo más impopular

  • 18/02/2021

Las vacunas que vimos aterrizar en Perú han sido, durante las primeras horas, gotas de lluvia cayendo sobre sedientos: las exclamaciones se apretujaban, las jerarquías se discutían, las necesidades se ponían en entredicho. En esta batahola, algunas personas en Twitter se quejaron furiosamente de que los reos estén antes que ellos en la fila de vacunación y, ante mi respuesta de que me parece una secuencia razonable, se adivinará el otro tipo de virulencia que se puso en juego.
Para justificar mi opinión bastaría con quedarme en el terreno práctico y científico: todo espacio hacinado es un paraíso para que el virus se multiplique y las prisiones peruanas son ideales para irradiar la peste en todas direcciones. Nuestras 68 cárceles deberían albergar a 40 mil internos, pero su población llega a los 96 mil. Más del doble y sin campo abierto. De no ser controlado en ellas, el virus se expandirá indetenible hacia los policías que las resguardan, el personal que allí cocina, el personal médico que las atiende, el transeúnte ocasional, las familias que las visitan. Los virus no saben de moral: si el objetivo es evitar el derrumbe de la salud pública, vacunar a nuestros presos es de inteligencia elemental.
Pero soy algo terco y no quisiera dejar pasar la oportunidad de escarbar un poco en esa tendencia de muchos compatriotas a ser implacables con los infractores de la ley. Me temo, por lo tanto, que este artículo terminará siendo uno de los más impopulares que he escrito.
Siempre he pensado que una sociedad se mide según cómo trata a sus presos.
Y que toda familia se mide según cómo corrige a sus hijos.
Pensemos en nuestros hogares. Recordemos en los métodos que usaron con nosotros y en los que vimos que usaban con nuestros conocidos. Reflexionemos sobre los antecedentes y en la justicia aplicada. Por ejemplo, yo tuve un primito al que obligaban a terminarse todo el almuerzo y, cuando se negaba, era confinado en la cocina hasta la noche. ¿Era razonable castigarlo por no tener apetito?
Si me hubieran sorprendido con revistas pornográficas bajo la cama, ¿hubiera sido justo castigarme si es que nunca me habían hablado de sexo y la pornografía era una manera de saciar mi curiosidad junto a mis ganas? ¿Era justo que uno de mis tíos perdiera un diente de un cucharonazo en la boca por haber contradicho una opinión de su abuela? ¿Para qué se corrige a las personas? ¿Para que aprendan las consecuencias de sus actos, o porque nos gusta el sadismo?
Con esto no quiero exculpar a ningún criminal, obviamente. Solo busco relativizar de qué hablamos cuando pensamos en el castigo: así como hay familias que cometen barbaridades contra sus miembros aduciendo una legalidad propia, hay países en los que ocurre lo mismo.
Quizá la ferocidad con que se recibe la posibilidad de un reo siendo vacunado tenga que ver con las asociaciones que trae aquella palabra. Azuzada por el sensacionalismo, a nuestra mente acuden los sicarios de las películas y los noticieros, los asaltantes a mano armada, los capos del narcotráfico, e incluso los terroristas. En ese recuento ligado al crimen como espectáculo nos olvidamos de las jóvenes que son enganchadas por necesidad para ser burriers, de los enredados en tramas judiciales debido a su ignorancia, y yo mismo olvido que si las deudas fueran motivo para el encarcelamiento –como ocurrió en algún momento–, hasta mi atribulado padre habría terminado en la cárcel.
¿Habría merecido un empresario corrupto –y en libertad debido a sus conexiones– recibir la vacuna antes que mi padre?
Pero saltémonos a los sentenciados: casi el 40% de los que habitan las cárceles peruanas siguen esperando el juicio que confirme sus crímenes.
Bajo el razonamiento de que todo preso debe ir al final de la fila, ¿merecerían estos prisioneros esa suerte?
Quienes estamos fuera de prisión solemos olvidar que en nuestros países la cárcel es un reflejo de la pobreza. Cada una de ellas es el repositorio de un embudo en el que se agita la inequidad. Allí terminan sus días una mayoría que ha heredado de sus ancestros la falta de igualdad, de educación e, incluso, de recursos para defenderse en un debido proceso: siempre es noticia que una persona con plata termine presa. Aunque Capote lo dijo mejor: A los ricos no los ahorcan nunca; solo a los pobres y sin amigos.
Sin embargo, esto no me lleva a olvidar que en nuestras cárceles haya psicópatas.
Confieso que pensar en Abimael Guzmán recibiendo la vacuna antes que una joven maestra me causa repeluz. Una parte mía quisiera que se muera boqueando, pero existe otra, más serena, que me pide pensar en el verdadero bien común y no en un deseo individual de desquite.
Un estado siempre debe demostrar que es mejor que el peor de sus ciudadanos.
El Estado nos representa y debe aspirar a servirnos de ejemplo aunque pocas veces lo logre, pero es en ese intento donde radica el combate por ser una mejor sociedad.
Si un estado se rebaja a ser cruel, ¿no le está dando una justificación adicional a quienes lo son?
Si nuestro sistema apartara a los reos de la fila lógica de vacunación, el mensaje sería el mismo que el de la pena de muerte: “me parece bien que mueras porque al delinquir, dejaste de ser humano”. Y, nos guste o no, por más actos horrendos que cometamos, nada nos quita el hecho de ser humanos.
En todo hombre se esconde un criminal en potencia, y la ley no existe para reproducir tal naturaleza.
Como decía Camus, existe para corregirla.

(Publicado en Jugo de Caigua el 13/2/2021)


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