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Contraseñas de la clase alta

(O el mito de que las élites son brillantes y trabajadoras)

Hace muchos años, cuando presenté mi primera novela en público, mis padres acudieron con unas galas a la altura de su orgullo; mi madre con un vestido muy asentador y mi padre con su mejor saco oscuro. De aquella noche recuerdo muchos, muchísimos detalles, pero ninguno se me ha quedado tan presente como aquel que brillaba tenuemente en la solapa de mi padre: una pequeña insignia del Club de Leones de la provincia donde me crió. 
Puedo imaginar el diálogo mientras ambos terminan de vestirse. Ella quitándole una pelusa a su saco y él aceptando todo con docilidad, hasta que a mi madre le tinca que falta algo. Abre su cofrecito en busca de la cereza y se topa con una L dorada flanqueada por dos felinos que rugen de perfil. Un recuerdo de tiempos mejores: la distinción hecha bronce en una pequeña comunidad de profesionales y comerciantes. Al contrario de la insignia del cuento de Ribeyro, que era una contraseña secreta para disfrutar atajos preferenciales, la de mi padre aquella noche fue un altavoz para anunciar nuestro origen de media tabla. Por eso, cuando me adelanté a recibirlo con un abrazo, rodeado de cierta élite cultural, económica y hasta política, confieso que en un primer segundo me asaltó un rezagado pudor adolescente pero, por fortuna, la gratitud y la ternura terminaron por vencerlo. 

Varios recuerdos como este me han visitado hoy, después de toparme con las declaraciones de un exministro chileno que, en su momento, ofendieron a la alta burguesía de su país. Hace unos años, Nicolás Eyzaguirre –tal es el nombre del entonces ministro de Hacienda– se refirió a los egresados de su exclusivísimo colegio en Santiago de esta manera:  “Les puedo decir que muchos alumnos de mi clase eran completamente idiotas; hoy son gerentes de empresas. Lógico, si tenían redes. En esta sociedad no hay meritocracia de ninguna especie”.

Un año atrás el economista de Yale y profesor en la Universidad de Chicago, Seth Zimmerman, había dejado el terreno listo para que floreciera tal declaración: en un estudio hizo público que el 50% de los cargos más altos en las empresas chilenas lo ocupaban exalumnos de solo nueve colegios de élite. 

Enfocarse en este dato no solo da para pensar en los colegios exclusivos que detentan este sitial en cada país de América Latina, por ejemplo, sino también para entender por qué nuestras clases acomodadas tienen esa propensión –insólita en sociedades más igualitarias– por averiguar en qué colegio ha estudiado su interlocutor. Todo indica, nuevamente, que el encumbramiento social no depende tanto de los conocimientos, sino de los conocidos. Se adivinará lo perverso de esta situación: mientras el acceso al conocimiento puede llegar a ser público, el acceso a los contactos es cerrado y conlleva requisitos de muy escasa circulación. 

Como toda red que tiende a creer en sus propias narrativas –como los creyentes de una religión o los hinchas de algún club–, toda élite económica tiende a creer que su triunfo en la escala social se debe a que es brillante y trabajadora, y sus integrantes no son muy conscientes de que al pertenecer desde pequeños a un sistema exclusivo de códigos y relaciones, tienen casi asegurado su actual nivel social para sus hijos y nietos. ¿Qué ocurre, en contraposición, con las familias humildes? Según un estudio de la OECD, las familias pobres de América Latina necesitan entre seis y once generaciones para que uno de sus descendientes escale a la clase media. Pensar en una sociedad sin ricos ni pobres es una utopía que cuando ha querido ser puesta en práctica ha devenido en regímenes de pesadilla. Sin embargo, pensar en sociedades donde la distancia entre ambos no sea escandalosa, sí es razonable.

Actualmente, según el World Inequality Database, el 1% de los peruanos más ricos detenta casi una cuarta parte de nuestros salarios. Y el 10% detenta más de la mitad. 

Somos uno de los cuatro países más desiguales en una de las regiones más desiguales del mundo. Convengamos en que una realidad así no nos hace viables: la frustración de los menos afortunados macerándose cada día, y la consecuente violencia manifestándose en cada acto, hacen imposible que seamos una ciudadanía que piense a largo plazo y se conduzca constructivamente.

Pero, ¿a quién le corresponde la responsabilidad de que el mecanismo actual se modifique? ¿A la sartén que recibe el fuego, o al mango que detenta el control?

Quizá por eso escribo esto. Porque es mucho más probable que ese 10% de mi país tenga más recursos para leerme que aquel 90% preocupado por temas más urgentes. Escribo para que recuerden en qué colegios 
estudiaron y con quiénes. A qué universidades asistieron y qué clubes frecuentaron. Escribo para que identifiquen sus códigos de pertenencia y sopesen qué tanto han contribuido a agrandar nuestras brechas: qué palabras usan y cómo las usan –“¿viste qué cholo, como dice chort”?–, cómo utilizan simbólicamente la ropa –“esas medias claras no van con zapatos oscuros”–, qué referencias geográficas utilizan –“¡Uy, ese tiene recibo de Edelnor!”– o qué ágapes son imperdibles –“nos vemos el viernes ya sabes dónde”.

Escribo para que miren con sospecha a quien está demasiado pendiente de estos detalles, pues quizá signifique que esa persona recurra a su capacidad de discriminación porque no tiene mucha capacidad intelectual.

Escribo con la ingenua esperanza de que lo piensen bien cada vez que se vean tentados de decir que nadie les ha regalado nada, porque desde pequeños sí disfrutaron de grandes atajos sistematizados. Para recordarles –y recordarme a mí mismo– que muchos de sus códigos cotidianos sirven para perpetuarse en un sitial y cuidar que no ingrese nadie más: santos y señas para excluir o incluir, así como la insignia de mi padre podía servir para marcar distancia con sus pacientes más humildes, pero también para provocar sonrisas en el comedor del Club Nacional. 
En este último caso, una contraseña infinitamente rechazada para acceder al siguiente nivel.

(Publicado en www.jugodecaigua.pe el 20.3.2021).


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