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Qué bueno que te equivocaste

  • 07/02/2012

Son dos los profesores que más recuerdo de mi época de colegio.

Uno de ellos me enseñó en cuarto de primaria y murió hace poco. Lloré. ¿Qué pudo haber hecho él para que lo recuerde así treinta y cinco años después? Lo opuesto que el otro. Lizandro Martos era un cajamarquino bondadoso que jamás nos levantó la voz o nos amenazó con castigo. Su tono era mesurado y siempre nos explicaba en lugar de lanzar dogmas. Pero no fue eso lo que me hizo llorarlo, sino el recuerdo de una clase específica.  Nos había pedido redactar una composición sobre el Día del Maestro. De pronto me llamó a su pupitre y, con una sonrisa enorme, me confesó que le gustaba cómo escribía. Me preguntó cómo sabía que los amautas habían sido los maestros del Incanato, y yo le dije que lo había leído en algún lado. Me felicitó con cariño, algo que a mis ocho años probablemente necesitaba escuchar más que nunca. ¿Me volví escritor por ello? Nadie lo sabe.

Lo que sí me queda claro es que si no fui matemático fue por causa del otro.

Él también murió, pero no diré su nombre.

Me tuvo a su cargo en segundo de primaria, y sus clases empezaban así: alineaba a diez pequeñitos al azar y, uno a uno, nos hacía una pregunta rápida. “¿Trece menos siete?”. Si uno fallaba o demoraba, recibía un reglazo en la mano.

Qué raro.

Ahora que escribo esto, mis manos han comenzado a sudar nuevamente.

Por su culpa le mentí por primera vez a mi padre de manera articulada: una noche le dije que al día siguiente, día de matemáticas, no iba a haber clases. Me creyó. Aquel tipo fue un imbécil: en vez de abrirme las puertas a una dimensión de maravillas que pueden explicarse gracias a las matemáticas, me inoculó el miedo a equivocarme con ellas. ¿Se seguirá sembrando en nuestro hogares y escuelas ese miedo al error? De ser así, estamos formando niños condenados al estancamiento. Chicos que apostarán a lo seguro para no arriesgarse. Ciudadanos grises que no se animarán a formular una idea distinta. Hombres y mujeres que verán en lo desconocido una especie de enemigo que hay que evitar. El germen del prejuicio, por supuesto. Cada vez que he tenido gente a mi cargo, he tratado de parecerme más al profesor Martos que al otro. Al recordarlos, siempre he pensado que nuestros colegios y empresas deberían incentivar el error audaz más que el acierto previsible, pues toda innovación es la meta tras las fallas del camino.

Caray. Ahora me secaré las manos.


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