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Mientras llega el taxi

  • 29/08/2014

Hoy es 25 de agosto por la mañana y me he obligado a sentarme ante el teclado.

Mi maleta de viaje espera en la puerta. Si no escribo ahora mi artículo semanal, mientras espero el taxi, no lo haré estando afuera.

No tengo muchos ánimos, en verdad. Dormí muy poco y el resfrío me ataca con escalofríos.

De pronto, por una ventana de mi pantalla me entero de la triste noticia y se me forman relámpagos de otras épocas. El más antiguo me pone en el mostrador de una pequeña farmacia en Trujillo. El dueño del negocio es mi padre y sus manos están poniendo una inyección en la trastienda. Las mías descansan junto a una caja registradora, de esas antiguas, con manivela. Desde la calle entra una luz opaca y también la voz de un canillita que grita “¡Satélite!”, el diario vespertino. No tengo plata para llamar al vendedor, pero se me ocurre que podría buscar un reemplazo de lectura en el cajón junto a la caja. Lo deslizo y llama mi atención una revista de portada sarcástica, aunque el tema que propone no me interesa. Los niños que leen sobre política son excepcionales y yo nunca lo he sido. Lo que sí llama mi atención es la penútima página. Quienes tienen mi edad sabrán entender.

Treinta años después ya no vivo en Trujillo. Perdí lozanía, ingenuidad y pelo, pero he ganado algunos privilegios: estoy tomando un whisky con el director de aquella revista que mi padre leía en su farmacia y que ahora compro yo. Tantas son las historias que me cuenta y tan heroicas algunas, que esta columna flaca no dará la talla. Quizá para una, la que menos esperaba.

–Siempre he sido un creyente del poder de las imágenes– me dice. Su voz es jocosa, y también lo es la diferencia que hay entre su corbata de seda y sus zapatillas de plástico.

–Cuando era ejecutivo en McCann, recomendaba a mis clientes los avisos con fotos grandes.

Es decir, el gran maestro del periodismo fue antes un Mad Men, y justo durante la época que retrata la aclamada serie. Ya desde entonces buscaba el matrimonio entre la imagen impactante y la frase precisa para engendrar memoria. Un par de años después fue Daphne, su esposa encantadora, quien me contó que si se conocieron fue gracias al pasado publicitario de su marido. Él debía viajar por encargo de un anunciante y ella paseaba en el aeropuerto su estampa de aeromoza internacional. Sesenta años después de aquel flechazo Daphne volvió a tomar vuelo y su velorio fue una de las últimas veces en que abracé a Enrique. Lo rodeaban sus hijos, sus nietos, sus amigos y decenas de profesionales valiosos que trabajaron a su lado en esa revista legendaria con calata en la página penúltima. Periodistas, cronistas, fotógrafos, poetas, narradores: herederos suyos y talentosos amigos míos en los que pienso, uno junto al otro, mientras el taxi viene en camino. Porque todos estamos a la espera, pero fingimos no saberlo.


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