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El injusto prestigio de los dramas

  • 18/02/2021

Hace poco mi hija Malú me comentó en el almuerzo:

–Hoy trajeron de la tienda un papayón.
–No sabía que también repartían pizzas– respondí, aprovechando la similitud fonética con Papa John´s.
Ella lanzó una franca risotada, no sin sentenciar al final:
–Qué tonto eres, papá.

Creo que fue en ese momento cuando decidí escribir una reflexión sobre este fenómeno, por el cual, brindar un espacio de alegría no se aquilata de la misma forma que ofrecer un espacio de drama.
¿Cuál fue la última vez que una verdadera comedia ganó un Óscar a Mejor Película? Annie Hall, de Woody Allen, hace casi 44 años. ¿Cuándo fue la última vez que usted vio el retrato de un escritor riendo desde la solapa de un libro? Yo no lo recuerdo.
Si el humor es un pegamento social que nos ha ayudado a generar vínculos de primera magnitud –imprescindibles para nuestra evolución–, ¿por qué crear un drama o aparentar seriedad brinda más prestigio que crear una sonrisa o sonreír?
A pesar de que la risa nos acompaña desde hace millones de años, los científicos no se han puesto de acuerdo hasta hoy sobre cuál es la razón de su existencia, ni por qué reímos. Todos sabemos, sin embargo, qué tipo de situaciones nos hacen reír: una desgracia –no muy trágica– de nuestros prójimos, la ventilación de un tema tabú que nos saca lo reprimido a carcajadas, o descubrir la conexión entre dos conceptos incompatibles, como le ocurrió a Malú con mi broma.
Gracias a Alejandra Ruiz León, integrante también de Jugo de Caigua, encontré un artículo en el que me enteré que dos científicos de la Universidad de Boulder, Peter McGraw y Caleb Warren, han propuesto una teoría que llamaron «violación benigna» para unificar teorías anteriores: el humor aflora cuando reconocemos que se ha violado una norma ética, social o física y que esta violación no es muy ofensiva, reprobable o molesta.
En esto parece haber consenso: nos puede dar risa el tropezón de un transeúnte, a menos que se intuya la sangre.
En lo otro que hay consenso es que la risa parece haber evolucionado como una manera de enlazarnos socialmente.
Le debemos al erudito Guillermo Duchenne el nombre de “risa de Duchenne” para identificar a las risotadas que nos acompañan desde que nacemos. Por ejemplo, aquellas que soltamos de bebés cuando nos esconden un muñeco y lo hacen aparecer. Pero existe otro tipo de risa, que aparece conforme vamos adquiriendo conocimientos y significados, que nace en un área distinta del cerebro.
A mi entender, esta es la risa que va confirmando qué tan inteligentes nos vamos poniendo. Si el cerebro es un órgano que entrenamos para reconocer discrepancias –de ello depende nuestra supervivencia, de captar la anormalidad–, identificar estas discordancias en un chiste y reírnos de ellas es señal de que nuestro pensamiento está bien ejercitado. Quien entiende todos los chistes y es capaz de fabricar algunos, siempre será bienvenido en todo grupo social.
Pero, volviendo a mi preocupación: si el que no entiende un chiste es visto como bruto, ¿por qué es menos laureado artísticamente quien sí los produce?
Se me ocurre que la risa es más bienvenida en un espectro doméstico, mientras la solemnidad va ganando la partida conforme nos adentramos entre desconocidos: un fruto que nació con las jerarquías sociales. Fantaseo con un tiempo arcaico, donde el mundo de un humano promedio era el de su propio clan, un tiempo en el que lo salvaje, lo tierno y lo risible convivían democráticamente entre todos mientras cazábamos y recolectábamos. Pero algo ocurrió cuando adoptamos la agricultura y dejamos de ser nómades. Los asentamientos crecieron y, eventualmente, aparecieron territorios más grandes que gestionar, bienes que intercambiar, propiedades que defender. Con el concepto de propiedad no tardaron en aparecer las clases sociales y, con ellas, el deseo de las élites de separarse del resto. ¿No son los modales, acaso, una convención social más que una solución funcional? Abolir la risa en público fue, probablemente, una manera de distinguirse de la plebe: ¿existen retratos de reyes carcajeándose en el Louvre o en el Prado?
Esta es una sinopsis simplista e incompleta, por supuesto, pero algo de ella late en el hecho de que los géneros literarios que más acogió la legendaria biblioteca de Alejandría fueran la épica, la tragedia, la historia, la oratoria y la filosofía. De la comedia, solo se salvó Aristófanes. En su hermoso libro El infinito en un junco, Irene Vallejo nos recuerda cómo, en El nombre de la rosa, el arma asesina es un libro de páginas envenenadas escrito por Aristóteles: un ensayo prohibido sobre la comedia que, en la vida real, la humanidad se perdió de conocer.
El canon, pues, ha ido expulsando a la comedia siglo tras siglo. Vallejo también relata que en la antigua Grecia, a los niños y jóvenes se les enseñaba en las escuelas con textos de Homero y, en un lejano segundo lugar, con obras de Eurípides. Educar a una clase privilegiada implicaba excluir la risa y, justamente, los libros que han sobrevivido a las catátrofes y guerras en Occidente fueron los que se utilizaban para educar. Así, la concatenación tiene sentido: si un clásico literario es aquel que subsiste al tiempo, y si de Alejandría solo han sobrevivido los escritos solemnes, es esperable, pues, que un dramón como Forrest Gump termine ganándole a Pulp Fiction el premio de la –nunca mejor nombrada– Academia.
Hacer reír es desarmar. Hacer reír es tirarse abajo, al menos por un segundo, siglos de convenciones que en apariencia nos enaltecen.
Hacer reír, por lo tanto, conlleva un castigo.
Que mi hijita me haya dicho tonto, aunque sea con dulzura, es uno de ellos.

(Publicado en Jugo de Caigua el 23/1/2021)


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